Tal y como Aníbal Quijano entiende la modernidad, América fue la proyección de la utopía para Europa. Hasta el siglo XVI la sociedad europea sólo mira hacia el pasado. Es con el descubrimiento de América cuando el viejo continente empieza a mirar hacia el futuro, debido al encuentro con lo andino, y por extensión lo indígena, que contribuye a la concepción de la modernidad con su visión de la reciprocidad, la solidaridad y la comunidad vital con el mundo. Según el autor, en la tensión de la modernidad europea se producen dos tipos de racionalidad, la “racionalidad liberadora”, por un lado, localizada en el área mediterránea como “genuina promesa de liberación: para la humanidad, de sus propios fantasmas; para la sociedad, de las prisiones del poder” (Quijano 32). Y la “racionalidad del poder” por otro lado, de origen anglosajón y caracterizada por su instrumentalización del poder para la dominación. Con el triunfo de la segunda sobre la primera, a la razón instrumental se la disfrazó de razón liberadora y fue impuesta a través del colonialismo en gran parte del mundo, por no decir todo. Con la imposición de la hegemonía británica, el racionalismo verdaderamente ético tuvo que sobrevivir en el margen: “[l]a modernidad sería, en adelante, vista casi exclusivamente a través del enturbiado espejo de la ‘modernización’. Esto es, la transformación del mundo, de la sociedad, según las necesidades de la dominación. Y específicamente de la dominación del capital, despojado de toda otra finalidad que la acumulación” (Quijano 32).
La crisis de la modernidad a que apuntan todos los analistas, de acuerdo con Quijano, se daría en Europa y Estados Unidos, no en Latinoamérica. Lo que ha entrado en crisis, precisamente es la racionalidad del poder occidental, que en América Latina siempre se ha mantenido en tensión con la racionalidad liberadora o “instrumental”. En el ámbito latinoamericano, por tanto, tal crisis vendría dada por el difícil equilibrio de ambas racionalidades, la adoptada y la impuesta. Después de la II Guerra Mundial y acontecimientos que conmocionaron al mundo del calibre del nazismo, la intelectualidad declara que no se puede mantener el idealismo, es decir, la racionalidad liberadora. Es por esto, precisamente que la modernidad, inaugurada en el siglo XVIII según Quijano,[i] entra en crisis, debido a que “la racionalidad moderna es, en Europa, una planta cuya savia es nutrida, desde el comienzo, por las relaciones de poder entre Europa y el resto del mundo” (34). Mientras que, debido a la tensión que ambas racionalidades mantienen desde el principio en Latinoamérica y a la constitución misma del continente, “(l)o real no es racional, sino en tanto no excluya su magia” (38). A través del análisis del indigenismo más radical de Arguedas, Quijano declara como posible la vuelta a la realización utópica por medio de “la irrupción de los dominados al primer plano de la escena”. Así, cuando se vuelven a hacer obvios los elementos de la subjetividad y tiembla el sistema de poder, se puede construir una nueva racionalidad. Tales procesos se hacen más patentes en los lugares de las utopías primigenias, el area andina y México-Mesoamérica. La nueva manera en que el zapatismo categoriza la realidad, las alternativas que opone al neoliberalismo y la propuesta de liberación global que implica que la lucha contra un problema local concreto solo se puede solventar a través de lo universal, todo esto se concreta en un llamamiento al mundo para realizar una nueva utopía. El error histórico de adoptar la racionalidad del poder a que apunta Quijano sólo se puede paliar adoptando un punto de vista global contra el neoliberalismo. Los zapatistas transportan al plano mundial el problema de lo que erróneamente se consideraría un asunto local. Se erigen en portavoces de los elementos obviados por la globalización, aduciendo que sus reivindicaciones son derechos fundamentals de todo ser humano, que esto es un problema de todos.
A partir de unas declaraciones del Subcomandante Marcos, John Berger define el panorama mundial como un puzzle de piezas que no encajan entre sí, sin una narrativa de continuidad entre unas piezas y otras, entre las que habla del cada vez mayor desequilibrio entre riqueza y pobreza, la mentira de la racionalización de la producción, la emigración obligada, etcétera, y entre estas piezas destaca la ideología zapatista como uno de los bolsillos [pockets] de resistencia al nuevo orden, la globalización, o lo que él denomina IV Guerra Munidial. Según Berger, tales bolsillos de resistencia no tienen un dogma político definido, lo que sí tienen en común es “their defense of the redundant, the next-to-be eliminated, and their belief that the Fourth World War is a crime against humanity” (“Against the Great Defeat of the World” 486). De acuerdo con la perspectiva de este autor, el modelo de resistencia zapatista no se reduce a un levantamiento local, sino a una fuerza que traspasa fronteras, aportando una solución de futuro también para occidente y un modelo a imitar para occidente. En una entrevista publicada por Juan Cruz en El país semanal Berger alega lo siguiente:
Debemos atender la sugerencia de Spinoza: en lugar de vivir para programar una solución, debemos vivir adecuadamenteadecuadamente me refiero a una vida llena de respeto hacia las prioridades vitales y de respeto hacia la esperanza. Si viviéramos así, respondiendo adecuadamente a la situación en la que estemos, en grupo o en soledad, estaríamos rozando lo eterno… estos momentos históricos de lo eterno son bucles del tiempo (…). Un ejemplo de organización política que refleja esta idea es el movimiento zapatista en México, sobre todo lo que proclama en sus discursos. Si usted me pregunta cómo veo el futuro, por ahí iría mi respuesta. (15)
Quizá por primera vez en la historia, occidente reconoce en un movimiento latinoamericano un modelo a imitar. Sin embargo, lo que más nos interesa señalar es si existe un apoyo por parte de los propios escritores indígenas hacia el zapatismo, y no sólo en México, sino también en Estados Unidos, abriéndose así una vía de diálogo ideológico. Y efectivamente, los escritores de ELIAC extienden su apoyo a la lucha del Ejército Zapatista de Liberación Nacional. La resolución número 11 de la Declaración de Cancún de ELIAC establece como uno de sus cometidos: “Pugnar por el cumplimiento de los Acuerdos de San Andrés Larráinzar, Chiapas, México” (Hernández 159). Natalio Hernández, uno de los fundadores de la asociación, en su libro El despertar de nuestras lenguas apunta:
El movimiento que vino a sacudir profundamente las estructuras sociales e ideológicas fue el conflicto armado de Chiapas que estalló en enero de 1994. Si bien la reforma constitucional de 1992 reconocía la presencia de los pueblos indígenas en el contexto de la nación mexicana, ésta no había trascendido a la conciencia de los distintos sectores de la sociedad. Por ello cobran una gran importancia los Acuerdos de San Andrés suscritos por el gobierno federal y el EZLN en materia de derechos y cultura indígena que motivaron la formulación de las cuatro Iniciativas de Ley sobre Derechos y Cultura Indígena. (84-5)
Efectivamente, los Acuerdos de San Andrés, al hayarse centrados en gran parte en torno a la autonomía cultural, propiciaron la apertura de instituciones dedicadas a la potenciación de las lenguas y literaturas indígenas, no sólo en Chiapas, sino en otros lugares de México de fuerte tradición indígena: “[c]omo consecuencia de los Acuerdos de San Andrés, el gobierno del Estado de Chiapas decretó en 1997 la creación del Centro de Lenguas, Arte y Literatura Indígenas; en Oaxaca se creó recientemente el centro de Estudios y Desarrollo de las Lenguas Indígenas de Oaxaca” (Hernández 85). Por su parte, Inés Hernández-Avila ve este contacto ideológico entre escritores y revolucionarios como la construcción de caminos de diálogo por medio de los cuales América tendrá que mirar hacia la América indígena que viene, y que, en realidad, siempre estuvo ahí:
The dialogue they have initiated and sustained is one which has opened paths like no other in contemporary times; indigenous America will never be the same. In a conscious performance of autonomy, the writers of ELIAC join their voices, poetically and polemically, with those of the Zapatistas in this national debate over the present and future of Mexico. (“The Power of Native Languages” 44)
Bibliografía:
Cruz, Juan. “John Berger: palabras esenciales”. Entrevista. El país semanal. No 1527, sábado 31 de diciembre de 2005.
Hernández, Natalio. El despertar de nuestras lenguas. México: Diana, Fondo Editorial de Culturas Indígenas, 2002.
Hernández-Ávila, Inés “The Power of Native Languages and the Performance of Indigenous Autonomy: The Case of Mexico.” Native American Voices: American Indian Identity and Resistance. eds. Richard A. Grounds, George E. Tinker, and David E. Wilkins. UP of Kansas: 2003. 35-74.
Mignolo, Walter D. Local Histories / Global Designs. Princenton: Princenton UP, 2000.
Quijano, Aníbal. Modernidad, identidad y utopía en América Latina. Quito: Editorial el Conejo, 1990.
[i] Tradicionalmente se sitúa el comienzo de la modernidad en el Siglo de las Luces, sin embargo, según Walter Mignolo, el comienzo tendría lugar en el siglo XVI, coincidiendo con la instauración de los imperios español y portugués como fuerzas coloniales. Para este autor, el siglo XVIII, con la Ilustración y la Revolución Industrial, correspondería a una segunda fase de la modernidad (19).
Este es un fragmento de la tesis presentada en 2006: Una aproximación hemisférica a la narrativa indígena contemporánea: México y Estados Unidos.